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miércoles, 22 de julio de 2009

Trampas de la fe vs Ecos del pensamiento único

Para el que tenga tiempo y para el que no, merece la pena leerse este pequeño affair entre Fernando Savater y Marcelo López Cambronero:



Las trampas de la fe

FERNANDO SAVATER 09/06/2009

¿Son compatibles la ciencia y la religión? ¿Es compatible la poesía amorosa y la ginecología? La respuesta es la misma: claro que sí, mientras cada una no pretenda enmendarle la plana a la otra. No es prudente acometer una cesárea tras documentarse en Juan Ramón Jiménez o Rilke, ni recordarle a quien cree que un beso apasionado lleva al éxtasis que después de todo se trata de un simple intercambio de microbios por vía oral. Las leyendas y mitos religiosos nos ayudan a buscar un significado simbólico al mundo y a la vida, mientras que la ciencia nos aclara su funcionamiento natural. Por mucho que conozcamos el mecanismo de los hechos, siempre nos queda la pregunta por su sentido para nosotros, que va más allá. Cuando Camoens llama al mar "inexplicable" no se refiere sólo al ritmo de las mareas...

A quien no crea que la verdad es una construcción recomiendo el ensayo 'El miedo al conocimiento'

Lo malo es que ciertos clérigos se empeñan en corregir los datos científicos con dogmas y tradiciones piadosas. El creacionismo no se conforma con ser un mito del origen, más o menos respetable como tantos otros, sino que intenta disfrazarse de ciencia como "diseño inteligente" para colarse en las escuelas americanas -que excluyen con buen criterio la enseñanza de doctrinas religiosas- y hasta en las universidades españolas, a poco que nos descuidemos. Ya se escuchan truenos episcopales contra la asignatura de Ciencias del mundo contemporáneo y no sólo contra Educación para la Ciudadanía. Denuncian que se pretenda imponer una "concepción del mundo", como si el conocimiento científico no surgiese de la observación experimental de la realidad sino del capricho político. Con el pretexto de que la ciencia no resuelve todos los enigmas de la naturaleza, aconsejan recurrir a la religión aunque no resuelva ninguno. Trampas de la fe, que también se dan en otros campos: como el capitalismo tiene muchos defectos, apliquemos el comunismo que sólo tiene defectos, etcétera.

Los que quieran conocer la opinión de un creyente ilustrado que no confunde religión y ciencia, pueden leer La voluntad de creer, el clásico de William James que acaba de editar Marbot. Debo advertirles, empero, que la obra desazona por igual a fieles e infieles desde finales del siglo XIX... A quienes por otra parte se nieguen a aceptar que la verdad es una construcción política o cultural, lo que iguala a Darwin con Rouco Varela, les aconsejo El miedo al conocimiento, de Paul Boghossian (Alianza), donde aprenderán a distinguirla del capricho epistémico o teológico.

El laicismo es imprescindible para la democracia, entre otras cosas, porque los políticos no entienden ya la parte sublime de los símbolos religiosos. Aludiendo a la vieja fórmula de juramento de los lehendakaris ("Ante Dios humillado...") a la que con buen juicio renunció Patxi López, proclama muy ufano ZP: "¡Patxi, eres lehendakari sin humillarte ante nadie!". Pero yo diría que el "humillado" no se refiere a quien asume el cargo -que bastantes inquietudes tiene ya- sino al Cristo que le mira desde el degradante tormento de la cruz. Un detalle tan solo aunque, si acierto, cambia un poco la cosa... En cuanto a la política teológica, basta recordar la escalofriante leyenda que campea según Dante sobre la puerta del infierno: "Son la primera sabiduría y el primer amor quienes me crearon". De esa proclama monoteísta nacieron todos los totalitarismos.

Fuente


Savater o los ecos del pensamiento único

MARCELO LÓPEZ CAMBRONERO, Instituto de Filosofía Edith Stein 18/06/2009

Existen épocas en la historia en las que los pensamientos frescos que fueron vida y pasión en la mente de algunos hombres del pasado se han apoltronado perezosos en las cabezas de otros, y casi han desaparecido. Lo que verdaderamente distingue a las épocas vigentes, es decir, aquéllas que vibran con savia siempre nueva, de las que son ajenas a sí mismas, es la capacidad de reconocer la novedad. Así, hubo un tiempo en nuestra cultura en el que las propuestas positivas de los genios eran acogidas en terreno fecundo y prosperaban dando lugar a infinitas reverberaciones.

Sin embargo, llegó un momento en el que quienes recibían las buenas nuevas comenzaron a transformarlo todo en ideología. La ideología es a las ideas lo que el sarmiento cercenado que espera en el ribazo la quema es para la vid: desecho, excrecencia, lobanillo. Toda la realidad que fluye y crece, todo el cosmos anhelante de hombres con ojos y oídos, expectante de sentido y respuesta, queda mutilado y se acartona bajo la prensa de la ideología. Cuando la ideología triunfa (digamos que sobre la filosofía) los hombres que la cultura señala como suyos son como un pasado aceitoso y muerto, un esqueleto que alguien pretende levantar con poleas para asustar a los niños.

Hace unos días el bueno de Fernando Savater nos regaló una ensalada de astillas en la que recogía haciendo suyas, un poco de aquí y un poco de allá, sin más criterio que el capricho, algunas afirmaciones de la ideología dominante: la "visión científica del mundo". A Ortega y Gasset le gustaba decir que Joaquín Costa era el alma española que vibraba más veces por segundo. Su contrapunto es Savater, la guitarra más desafinada de nuestra peculiar asinfonía.

La "visión científica del mundo" que tenemos hoy es una mezcla mal aliñada de racionalismo y romanticismo, al que Savater añade unos toques inoportunos de posmodernidad. Del racionalismo toma su pasión por la verdad, por lo científico, por lo preciso y exacto. Del romanticismo su afirmación de lo sentimental, su sed de individualidad, la vida como arte. Ahora, lo que en Descartes es sangre hirviente es aquí fluido digestivo; lo que en pintores como "Los Nazarenos" era profundidad emocional es aquí barbitúrico. La razón ya no es apertura, sino candado, es decir, ideología; los sentimientos no son lupas que permiten divisar, sino albendas.

En pocas palabras, Don Fernando defiende al mismo tiempo una teoría de la doble verdad y una negación de la verdad (éste es el toque posmoderno). Dice que existe una verdad científica basada en hechos y otra que se puede encontrar en los hexámetros de Hesíodo, y que ambas son verdades en sus respectivas vertientes. Él piensa que, bueno, que, en fin, que verdad, verdad, sólo lo que la química alcanza; pero nos deja disfrutar de la metáfora siempre y cuando la dejemos en su sitio, es decir, mientras no consideremos que la literatura tiene algo que decir sobre la realidad: aquí es donde aplica la idea de que toda verdad es un constructo político o cultural, y no a la ciencia, sobre la que sostiene la fe del carbonero. Se trata, en definitiva y como afirmé, de una típica, vulgar y prosaica "visión científica del mundo", que comparte el señor Savater con cualquier damnificado por la LOGSE.

La "visión científica del mundo" que constituye hoy la mentalidad dominante no está muy alejada del materialismo pedestre de los nihilistas rusos del XIX. No se trata de una síntesis de los avances científicos, ni de un análisis de los mismos. No sólo no es más que un resultado indeseado de la ciencia, sino que la propia ciencia es la que ha venido desmontando, durante todo el siglo XX, sus posiciones. Es, sencillamente, una ideología de usar y tirar que, efectivamente, Zapatero quiere impulsar como nuevo sistema de adoctrinamiento. Porque si lo que queremos es que los niños aprendan más ciencias basta con ampliar los horarios de esas disciplinas. Si, por el contrario, lo que pretendemos es hacer proselitismo de mollera estrecha, lo que se requiere es una asignatura nueva, con profesores nuevos formados para el caso, con contenidos bien definidos y controlados y, si es posible, con algún energúmeno que apoye en los medios de comunicación.

Otro asunto bastante curioso es lo pesados que se ponen estos ateos hablando de Dios. Todo el día con Dios para arriba y para abajo. No hay predicador ni moralista más cansino que ateos de esta calaña, siempre haciendo proselitismo de la nada que llevan bajo el brazo. Esto de que algunos ateos nos quieran enseñar a los cristianos lo que es la fe a mí me resulta, como poco, de mala educación. Imagínese que usted viaja por una carretera secundaria y ve en el arcén a una señora cambiando una rueda. Se detiene y se acerca a ayudarla, percibiendo que está muy nerviosa, cabreada. Al rato la mujer se justifica diciendo que su estado de ánimo obedece al incidente del pinchazo de la rueda, y usted, sabio entre los sabios, la mira por encima del hombro y le dice: "eso es el período". Su interlocutora sentirá que usted ha reducido su humanidad, que se dirige a ella como a un muñeco, que no es para usted más que sus angostos prejuicios.

Cuando escucho a ateos así explicar qué es la fe (con cualquier estúpida y manida tesis feuerbachiana) y afirmar de seguido que no la tienen, suelo pensar para mis adentros: "es que eso que tú describes como fe el que la tenga debe ser gilipollas"; y me pregunto inmediatamente: ¿este imbécil verdaderamente piensa que durante más de veinte siglos millones y millones de personas han tenido fe, y que la fe es eso que él describe? Una pizca de humildad bastaría para reconocer con sencillez que uno no sabe lo que es y, en lugar de pontificar, prestar atención.

Y es que prestar atención a las cosas suele ser la mejor manera de aprender, y siempre es más útil que intentar reducirlo todo a los tres simplones criterios que nos proporciona la ideología de turno.

lunes, 25 de mayo de 2009

El Aborto

Lean este texto actual sobre el aborto

"Se debe hacer una propaganda amplia y poderosa a favor de los productos anticonceptivos; se debe crear una industria apropiada para este fin. Ni la difusión, ni la venta de productos anticonceptivos ni el aborto deberán ser perseguidos por la ley. Habrá que facilitar la creación de instituciones especiales para el aborto, entrenar para esto a comadronas y enfermeras.

La población recurrirá al aborto con mayor frecuencia si éste se realiza con esmero; los médicos deben tomar parte en ello sin menoscabar su honor profesional. Se debe igualmente recomendar en la propaganda la esterilización voluntaria..

Aborto libre, anticonceptivos para todos, los niños son una carga, esterilización voluntaria, propaganda engañosa sobre el peligro para la salud de las mujeres embarazadas, los médicos abortistas son unos buenos profesionales…"

Adolf Hitler, 1940.

"Teoría del genocidio de efecto retardado”, para disminuir el poder biológico del pueblo ruso.

Fuente: http://www.if-edithstein.org/actividades/esp/Ideologia.php



jueves, 18 de diciembre de 2008

¿Google nos hace estúpidos?

Esta es más o menos la pregunta del artículo que tenía ante mi, desde luego de primeras se podría juzgar como una teoría conspiratoria contra google, pero empecé a leer y me enganchó rápidamente.

Después de una breve introducción de una escena de '2001. Odisea en el Espacio' , el autor cree que su mente, su forma de pensar y de procesar la información está cambiando, debido a el cambio del medio por el que se presenta ésta. Es decir, su mente está cambiando, y no precisamente a mejor, debido a la presentación de la información en Internet, en lugar de en papel; parece que cuando leemos en papel, lo hacemos más relajadamente, procesamos mejor el texto en su conjunto y cuando lo hacemos en Internet, nos saltamos mucha información, buscamos lo justo y necesario.

Maryanne Wolf, psicóloga del desarrollo dice que "No sólo somos lo que leemos, sino también somos como leemos".

Y yo destacaría este parrafo del texto:

"A Woolf le preocupa que el estilo de lectura que promueve la Red, un estilo que coloca la “eficiencia” y la “inmediatez” por encima de todo lo demás, esté debilitando tal vez nuestra capacidad para el tipo de lectura profunda que emergió cuando una tecnología anterior, la prensa impresa, hizo comunes y corrientes las largas y complejas obras de prosa. Cuando leemos en línea, dice, tendemos a convertirnos en “meros descodificadores de información”. Nuestra capacidad de interpretar textos, de hacer las ricas conexiones mentales que se forman cuando leemos con profundidad y sin distracción, sigue en gran medida desconectada. "

Otra idea del texto que me parece interesante: 
el reloj “desasoció el tiempo de los sucesos humanos y contribuyó a crear la idea de un mundo independiente de secuencias matemáticamente mensurables” ... "Al decidir cuándo comer, trabajar, dormir, levantarse, dejamos de escuchar a nuestros sentidos y comenzamos a obedecer el reloj."

Pero incluso todavía podemos ir mucho más atrás!!:

"En el Fedro de Platón, Sócrates se lamentaba del desarrollo de la escritura. Temía que, según las personas comenzaran a confiar en la palabra escrita como sustituto del conocimiento que antes llevaban dentro de las cabezas, en palabras de uno de los personajes del diálogo, “dejaran de ejercitar su memoria y se hicieran olvidadizas”. Y como podrían “recibir una cantidad de información sin instrucción adecuada”, se les “considerara muy conocedores cuando la mayoría es bien ignorante”. Estarían “llenas de la presunción de sabiduría en lugar de verdadera sabiduría”. "

Yo creo que los medios: la escritura, el reloj, la máquina de escribir, internet, deben ser tratados como medios y no olvidarnos de la razón humana, nuestra arma más poderosa y nuestra mejor baza en la vida; no podemos depender de estos medios para ser alguien ni para hacernos a nosotros mismos, no podemos depender de estos medios para llegar a la comprensión del mundo, solo podemos a través de nuestra inteligencia, desarrollándola y no permitiendo que se aplane y se llegue a convertir en Inteligencia Artificial.

Os dejo el texto aquí y la fuente:

Dave, para. Para, por favor. Para, Dave. ¿Vas a parar, Dave?” Así suplica la supercomputadora HAL al implacable astronauta Dave Bowman en una famosa y fantásticamente conmovedora escena casi al final de 2001: Una odisea del espacio, de Stanley Kubrick. Bowman, tras haber sido enviado a la muerte en el espacio interplanetario por la máquina descompuesta, está tranquila y fríamente desconectando los circuitos de memoria que controlan su “cerebro” artificial. “Dave, estoy perdiendo la mente —dice HAL, con tristeza—. Me estoy dando cuenta. Lo estoy sintiendo.” 
Yo también me estoy dando cuenta, lo estoy sintiendo. En los últimos años he tenido la incómoda sensación de que alguien, o algo, ha estado jugueteando con mi cerebro, cambiando el esquema de su circuito neural, reprogramando la memoria. No es que esté perdiendo la mente —hasta donde puedo decir—, pero me está cambiando. No estoy pensando del modo que antes lo hacía. 
Me doy cuenta sobre todo cuando leo. Antes me era fácil sumergirme en un libro o en un artículo largo. Mi mente quedaba atrapada en la narración o en los giros de los argumentos y pasaba horas paseando por largos tramos de prosa. Ahora casi nunca es así. Ahora mi concentración casi siempre comienza a disiparse después de dos o tres páginas. Me pongo inquieto, pierdo el hilo, comienzo a buscar otra cosa que hacer. La lectura profunda que me venía de modo natural se ha convertido en una lucha. 
Creo que sé qué está pasando. Desde hace ya más de una década, he estado pasando mucho tiempo en línea, buscando y navegando y a veces añadiendo a la gran base de datos de Internet. La red ha sido una bendición para mí como escritor. Puedo hacer en minutos la investigación que en un tiempo requería días en salas de la biblioteca o de las publicaciones periódicas. Unas pocas búsquedas en Google, algunos “clics” rápidos en hiperenlaces(1) y obtengo el dato revelador o la cita sucinta que andaba buscando. 
Incluso sin estar trabajando, es muy probable que esté hurgando en la espesura de la información de la Red: leyendo y escribiendo correos, escaneando titulares y blogs, viendo videos y escuchando podcasts o sencillamente saltando de enlace en enlace. (A diferencia de las notas al pie, a las que muchas veces se asimilan, los hiperenlaces no sólo señalan obras que guardan relación con el tema, sino que lo lanzan a uno a ellas.) 
Para mí, como para otros, la Red se está convirtiendo en un medio universal, el conducto de casi toda la información que fluye a mis ojos y oídos y entra en mi mente. Las ventajas de tener acceso inmediato a un almacén tan increíblemente rico de información son muchas y éstas han sido ampliamente descritas y debidamente aplaudidas. Clive Thomson escribió en Wired: “La retentiva perfecta de la memoria de silicón puede ser una enorme ayuda al pensamiento.” 
Pero la ayuda tiene un precio. Como señaló el teórico de los medios de difusión Marshall McLuhan en los años sesenta, éstos no son sólo canales pasivos de información. Suministran la materia para el pensamiento, pero también conforman el proceso del pensamiento. Y lo que la Red parece estar haciendo es socavar mi capacidad de concentración y contemplación. Mi mente espera ahora captar la información del modo en que la Red la distribuye: en una corriente de partículas en rápido movimiento. En un tiempo fui un submarinista en el mar de palabras. Ahora me deslizo por la superficie como un tipo en una moto acuática. 
No soy el único. Cuando les menciono mis problemas con la lectura a amigos y conocidos —la mayoría de ellos hombres de letras— muchos dicen estar experimentando algo similar. Mientras más usan la Red, más tienen que luchar para concentrarse en escritos largos. Algunos de los bloggers que sigo también han comenzado a mencionar el fenómeno. Scout Karp, quien escribe un blog sobre los medios de difusión en línea, confesó hace poco que ha dejado por completo de leer libros. “Hice el master en literatura en la universidad y era un voraz lector de libros —escribió—. ¿Qué ha pasado?” Y especula la respuesta: “¿Y si todo lo que leo es en la red, no se debe a que la forma en que leo haya cambiado, o sea, que esté sólo en busca de comodidad, sino porque mi forma de PENSAR ha cambiado?” 
Bruce Friedman, quien escribe regularmente blogs sobre el uso de las computadoras en la medicina, también ha descrito la forma en que Internet ha cambiado sus hábitos mentales. “He perdido casi por entero la capacidad de leer y absorber un artículo largo en la red o impreso”, escribió a principios de año. 
Friedman, patólogo miembro de larga data de la facultad de la Escuela de Medicina de la Universidad de Michigan, amplió su comentario en una conversación telefónica conmigo. Su forma de pensar, dijo, ha tomado una calidad de “staccato”, que refleja la forma en que escanea con rapidez pasajes cortos de texto de muchas fuentes en línea. “Ya no puedo volver a leer La guerra y la paz —admitió—. He perdido la capacidad de hacerlo. Me resulta difícil absorber incluso un blog de más de tres o cuatro párrafos. Lo leo por encima.” 
Las anécdotas por sí solas no demuestran mucho. Y todavía estamos en espera de experimentos neurológicos y psicológicos a largo plazo que brinden una imagen definitiva de la forma en que el uso de Internet afecta la cognición. Pero un estudio recién publicado de los hábitos de investigación en línea, realizado por académicos del University College de Londres, indican que muy bien podemos estar en medio de un cambio radical en la forma en que leemos y pensamos. 
Como parte de un programa de investigación de cinco años, los estudiosos examinaron registros de computación que documentan el comportamiento de visitantes de dos populares sitios de investigación, uno operado por la Biblioteca Británica y el otro por un consorcio educacional del Reino Unido, que brindan acceso a artículos de revistas, libros electrónicos y otras fuentes de información escrita. Encontraron que las personas que usan los sitios exhibían “una forma de actividad como de quien está echando una ojeada”, en que saltaban de una fuente a otra y pocas veces regresaban a una que ya hubieran visitado. Típicamente leían sólo una o dos páginas de un artículo o libro antes de “saltar” a otro sitio. A veces salvaban un artículo largo, pero no hay pruebas de que regresaran a él y lo leyeran de verdad. Los autores del estudio informan: Es evidente que los usuarios no leen en línea en el sentido tradicional; de hecho hay indicios de que están surgiendo nuevas formas de “leer” según los usuarios navegan horizontalmente por los títulos, los índices y los resúmenes buscando ganar rapidez. Casi parece que van en línea para evitar leer en el sentido tradicional. 
Gracias a la ubicuidad del texto en Internet, por no mencionar la popularidad de los mensajes de texto en los teléfonos celulares, pudiéramos estar leyendo más hoy que en los años setenta u ochenta, cuando la televisión era nuestro medio preferido. Pero es un tipo distinto de lectura y detrás de él hay un tipo distinto de pensamiento… tal vez incluso un nuevo sentido del ser. “No sólo somos lo que leemos —dice Maryanne Wolf, psicóloga del desarrollo de la Universidad de Tufts y autora de Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain (Proust y el calamar: La historia y la ciencia del cerebro lector)—. Somos como leemos.” 
A Woolf le preocupa que el estilo de lectura que promueve la Red, un estilo que coloca la “eficiencia” y la “inmediatez” por encima de todo lo demás, esté debilitando tal vez nuestra capacidad para el tipo de lectura profunda que emergió cuando una tecnología anterior, la prensa impresa, hizo comunes y corrientes las largas y complejas obras de prosa. Cuando leemos en línea, dice, tendemos a convertirnos en “meros descodificadores de información”. Nuestra capacidad de interpretar textos, de hacer las ricas conexiones mentales que se forman cuando leemos con profundidad y sin distracción, sigue en gran medida desconectada. 
Leer, explica Wolf, no es una habilidad instintiva de los seres humanos. No está grabada en nuestros genes del modo que lo está el discurso. Tenemos que enseñar a nuestras mentes a traducir los caracteres simbólicos que vemos al lenguaje que comprendemos. Y los demás medios u otras tecnologías que usamos al aprender y practicar el arte de la lectura desempeñan un papel importante en la conformación de los circuitos neurales que se encuentran en el interior de nuestros cerebros. Los experimentos demuestran que los lectores de ideogramas, como los chinos, desarrollan un sistema de circuitos mentales para la lectura muy diferente del sistema que se encuentra en quienes, como nosotros, cuya lengua escrita emplea el alfabeto. 
Las variaciones se extienden a lo largo de muchas regiones del cerebro, incluidas las que rigen funciones cognitivas tan esenciales como la memoria y la interpretación de estímulos visuales y auditivos. Podemos también prever que los circuitos tejidos por nuestro uso de la Red sean distintos a los tejidos por nuestra lectura de libros y otras obras impresas. 
En algún momento de 1882, Friedrich Nietzsche compró una máquina de escribir: una Malling-Hansen Writing Bal, para mayor precisión. Le fallaba la vista y mantener los ojos enfocados en la página se le había hecho agotador y doloroso y muchas veces le provocaba fuertes dolores de cabeza. Se había visto obligado a reducir su escritura y temía que pronto le sería necesario abandonarla. La máquina de escribir lo rescató, al menos de momento. Una vez dominada la mecanografía al tacto, podía escribir con los ojos cerrados, usando sólo las yemas de los dedos. Las palabras podían fluir de nuevo de su mente a la página. 
Pero la máquina tuvo un efecto más sutil sobre su obra. Uno de los amigos de Nietzsche, un compositor, observó un cambio en su estilo de escribir. Su prosa, ya de por sí tersa, se había hecho más comprimida, más telegráfica. “Puede que con este instrumento incluso te adaptes a nuevos giros idiomáticos —le escribió el amigo en una carta observando que, en su propia obra, sus “«ideas» en música y lenguaje solían depender de la calidad de la pluma y el papel”. 
—Tienes razón —repuso Nietzsche—, nuestro equipo de escribir participa en la formación de nuestros pensamientos. 
Bajo el influjo de la máquina, escribe el académico alemán de los medios de difusión Friedrich A. Kittler, la prosa de Nietzsche “cambió de argumentos a aforismos, de pensamientos a juegos de palabras, del estilo retórico al telegráfico.” 
El cerebro humano es casi infinitamente maleable. La gente pensaba que nuestro engranaje mental —las densas conexiones que se forman entre los 100 billones de neuronas que se encuentran dentro de nuestros cráneos— estaba en gran medida fijado para el momento en que alcanzábamos la edad adulta. Pero los investigadores del cerebro han descubierto que no es así. James Olds, profesor de neurociencia que dirige el Instituto Krasnow de Estudios Avanzados en la Universidad George Mason, afirma que incluso la mente adulta “es muy plástica”. Las neuronas normalmente rompen conexiones viejas y forman nuevas. Según Olds, “el cerebro tiene la capacidad de reprogramarse a la carrera, cambiando la forma en que funciona.” 
Según usamos lo que el sociólogo Daniel Bell ha llamado nuestras “tecnologías individuales” —los instrumentos que amplían nuestras capacidades mentales más bien que físicas— inevitablemente comenzamos a adoptar las cualidades de esas tecnologías. 
El reloj mecánico, que comenzó a usarse corrientemente en el siglo XIV, brinda un ejemplo convincente. En Technics and Civilization (Técnicas y civilización), el historiador y crítico de la cultura Lewis Mumford describió la forma en que el reloj “desasoció el tiempo de los sucesos humanos y contribuyó a crear la idea de un mundo independiente de secuencias matemáticamente mensurables”. El “marco abstracto de tiempo dividido” se convirtió en “el punto de referencia de la acción y el pensamiento”. 
El tictac metódico del reloj contribuyó al surgimiento de la mente científica y del científico, pero también se llevó algo. Como observó el difunto científico de computación del MIT(2) Joseph Weizenbaum en su libro de 1976, Computer Power and Human Reason: From Judgment to Calculation (El poder de la computadora y la razón humana: del juicio al cálculo), la concepción del mundo que surgió del empleo extendido de los instrumentos de llevar el tiempo “sigue siendo una versión empobrecida del antiguo, porque descansa en un rechazo de las experiencias directas que formaban la base de la antigua realidad y, de hecho, la constituían.” Al decidir cuándo comer, trabajar, dormir, levantarse, dejamos de escuchar a nuestros sentidos y comenzamos a obedecer el reloj. 
El proceso de adaptación a nuevas tecnologías intelectuales se refleja en las cambiantes metáforas que usamos para explicarnos a nosotros mismos. Cuando llegó el reloj mecánico, las personas comenzaron a pensar que sus cerebros operaban “como mecanismos de relojería”. Hoy, en la era del software, hemos llegado a pensar que operan “como computadoras”. Pero los cambios, nos dicen las neurociencias, son mucho más profundos que la metáfora. Gracias a la plasticidad de nuestro cerebro, la adaptación se produce también en el nivel biológico. 
Internet promete tener efectos de especial alcance en la cognición. En un trabajo publicado en 1936, el matemático británico Alan Turing demostró que era posible programar una computadora digital, que en aquella época existía sólo como máquina teórica, para que realizara la función de cualquier otro dispositivo de procesamiento de información. Eso es lo que estamos presenciando hoy. Internet, un sistema de computación inconmensurablemente poderoso, está subsumiendo la mayoría de nuestras otras tecnologías intelectuales. Se está convirtiendo en nuestro mapa y nuestro reloj, nuestra imprenta y nuestra máquina de escribir, nuestra calculadora y nuestro teléfono, nuestro radio y nuestra televisión. 
Cuando la Red absorbe un medio, ese medio se recrea a la imagen de la Red. Inyecta el contenido del medio con hiperenlaces, anuncios de parpadeo y otras baratijas digitales y rodea el contenido con el contenido de todos los demás medios que ha absorbido. Un mensaje nuevo de correos, por ejemplo, puede anunciar su llegada mientras estamos revisando los últimos titulares de un sitio de prensa. El resultado es dispersar nuestra atención y difundir nuestra concentración. 
Tampoco termina la influencia de la Red en los márgenes de la pantalla de la computadora. Al irse sintonizando las mentes de las personas al enloquecido conjunto de medios de Internet, los medios tradicionales deben adaptarse a las nuevas expectativas del público. 
Los programas de televisión añaden textos que se deslizan por la pantalla y anuncios que surgen de repente; revistas y diarios acortan sus artículos, introducen resúmenes en cápsulas y rellenan sus páginas con fragmentos de información fáciles de rastrear. Cuando en marzo de este año The New York Times decidió dedicar la segunda y tercera páginas de cada edición a resúmenes de artículos, su director de diseño Tom Bodkin explicó que los “atajos” darían a los lectores atribulados un “tanteo” rápido de las noticias del día ahorrándoles el método “menos eficiente” de volver las páginas y leer los artículos. Los medios antiguos tienen poca opción más que jugar con las reglas de los medios nuevos. 
Nunca ha desempeñado un sistema de comunicación tantos papeles en nuestras vidas —o ejercido una influencia tan amplia sobre nuestros pensamientos— como hace hoy Internet. Pero, a pesar de todo lo que se ha escrito sobre la Red, se ha pensado poco en cómo exactamente nos está reprogramando. La ética intelectual de la Red sigue siendo oscura. 
Aproximadamente por el tiempo en que Nietzsche comenzó a usar su máquina de escribir, un joven serio llamado Frederick Winslow Taylor fue con un cronómetro a la planta Midvale Steel de Filadelfia y comenzó una histórica serie de experimentos destinada a mejorar la eficiencia de sus maquinistas. Con aprobación de los propietarios de Midvale, tomó a un grupo de obreros, los puso a trabajar en varias máquinas de elaborado de metales y registró y midió el tiempo de cada uno de sus movimientos así como las operaciones de las máquinas. Dividiendo cada tarea en una secuencia de pequeños pasos discretos y luego ensayando formas distintas de realizar cada una, Taylor creó un conjunto de instrucciones precisas —un “algoritmo” pudiéramos decir hoy— de cómo debía trabajar cada obrero. 
Los empleados de Midvale rezongaron sobre el estricto régimen nuevo, diciendo que los convertía en poco más que autómatas, pero la productividad de la fábrica se disparó. 
Más de cien años después de la invención del motor de vapor, la Revolución Industrial al fin había encontrado sus bases filosóficas y su filósofo. La apretada coreografía industrial de Taylor —su “sistema”, como le agradaba llamarlo— fue aceptada por fabricantes de todo el país y, con el tiempo, de todo el mundo. Procurando la mayor rapidez, eficiencia y producción, los dueños de fábricas utilizaban los estudios de tiempo y movimiento para organizar el trabajo y configurar las tareas de sus trabajadores. 
El objetivo, como definió Taylor en su célebre tratado de 1911, The Principles of Scientific Management (Los principios de la gestión moderna), era identificar y adoptar, para cada tarea, “un mejor método” de trabajo y con ello efectuar “la sustitución gradual de la ciencia por la regla empírica en todas las artes mecánicas”. Una vez que se aplicara este sistema en todos los actos de trabajo manual, aseguró Taylor a sus seguidores, brindaría una reestructuración no sólo de la industria, sino de la sociedad, creando la utopía de la eficiencia perfecta. “En el pasado el hombre había sido lo primero —declaró—, en el futuro lo será el sistema.” 
El sistema de Taylor sigue en gran medida con nosotros: sigue siendo la ética de la manufactura industrial. Y ahora, gracias al creciente poder que los ingenieros en computación y codificadores de software ejercen sobre nuestras vidas intelectuales, la ética de Taylor comienza a regir también la esfera de la mente. Internet es una máquina diseñada para la recolección, transmisión y manipulación automatizada de información y sus legiones de programadores están concentrados en encontrar el “mejor método único” —el algoritmo perfecto— para llevar a cabo cada movimiento mental de lo que hemos llegado a describir como “trabajo de conocimiento”. 
La sede de Google, en Moutain View, California —el Googleplex— es el santuario supremo de Internet y la religión que se practica dentro de sus paredes es el taylorismo. Google, al decir de su ejecutivo principal, Eric Schmidt, es “una compañía fundada en torno a la ciencia de la medición” y se esfuerza en “sistematizar todo” lo que hace. Según el Harvard Business Review, haciendo uso de los terabytes de datos de conducta que recoge mediante su motor de búsqueda(3) y otros sitios, realiza miles de experimentos diarios y utiliza los resultados para refinar los algoritmos que controlan cada vez más la forma en que las personas encuentran información y extraen significado de ella. Lo que Taylor hizo para el trabajo manual, Google lo está haciendo para el trabajo mental. 
La compañía ha declarado que su misión es “organizar la información mundial y hacerla universalmente accesible y útil”. Procura desarrollar “el motor de búsqueda perfecto” al que define como algo que “entiende exactamente lo que uno quiere decir y le devuelve exactamente lo que desea”. Al entender de Google, la información es un tipo de producto, un recurso utilitario que puede extraerse y procesarse con eficiencia industrial. Mientras más sean las piezas de información a las que uno pueda “acceder” y mientras con mayor rapidez podamos extraer lo esencial de ellas, más productivos nos hacemos como pensadores.
¿Dónde termina esto? Sergey Brin y Larry Page, los dotados jóvenes que fundaron Google cuando hacían su doctorado en ciencias de computación en Stanford, hablan con frecuencia de su deseo de convertir su motor de búsqueda en una inteligencia artificial, una máquina al estilo de HAL que sea posible conectar directamente a nuestros cerebros. “El motor de búsqueda supremo es tan inteligente como las personas… o más —afirmó Page hace unos años en un discurso—. Para nosotros, trabajar en búsqueda es una forma de trabajar en inteligencia artificial.” 
En una entrevista concedida a Newsweek en 2004, Brin comentó: “No hay dudas de que si uno tuviera toda la información del mundo unida directamente al cerebro, o un cerebro artificial que fuera más listo que el propio, estaría uno mejor.” El año pasado Page dijo en una convención de científicos que Google “en realidad trata de construir una inteligencia artificial y de hacerlo en gran escala”. 
Una ambición de este tipo es natural, incluso admirable, para un par de genios matemáticos con vastas cantidades de dinero a su disposición y un pequeño ejército de científicos de computación en su empleo. Google, una empresa fundamentalmente científica, está motivada por un deseo de usar la tecnología, en palabras de Eric Schmidt, “para solucionar problemas que nunca antes se han solucionado” y la inteligencia artificial es el problema más difícil que hay. ¿Por qué no habrían de ser Brin y Page quienes lo resolvieran? 
De todos modos, su suposición fácil de que estaríamos “mucho mejor” si una inteligencia artificial complementara, o incluso sustituyera, nuestros cerebros resulta inquietante. Ésta indica una creencia en que la inteligencia es producto de un proceso mecánico, una serie de pasos discretos que es posible aislar, medir, optimizar. En el mundo de Google, el mundo en que entramos al entrar en línea, hay poco espacio para la falta de claridad de la contemplación. La ambigüedad no es una apertura para la visión, sino una falla que debe arreglarse. El cerebro humano es sólo una computadora anticuada que necesita un procesador más rápido y un disco duro mayor. 
La idea de que nuestras mentes deben operar como máquinas de procesamiento de datos de alta velocidad no sólo está incorporada al funcionamiento de Internet, sino que es también el modelo comercial reinante de la red. Mientras con mayor rapidez naveguemos por la Red —mientras más enlaces podamos cliquear y más páginas veamos— más oportunidades ganan Google y otras empresas de recopilar información sobre nosotros y alimentarnos anuncios. 
La mayoría de los propietarios de Internet comercial tienen interés financiero en recopilar los mendrugos de datos que dejamos atrás cuando revoloteamos de enlace en enlace… mientras más mendrugos, mejor. Lo último que desean estas empresas es fomentar la lectura pausada o el pensamiento concentrado, lento. Es interés económico suyo llevarnos a la distracción. 
Puede que yo sea sólo una persona que se preocupa más de lo debido. Del mismo modo que existe una tendencia a glorificar el avance tecnológico, existe una tendencia opuesta a esperar lo peor de todo instrumento o máquina nueva. 
En el Fedro de Platón, Sócrates se lamentaba del desarrollo de la escritura. Temía que, según las personas comenzaran a confiar en la palabra escrita como sustituto del conocimiento que antes llevaban dentro de las cabezas, en palabras de uno de los personajes del diálogo, “dejaran de ejercitar su memoria y se hicieran olvidadizas”. Y como podrían “recibir una cantidad de información sin instrucción adecuada”, se les “considerara muy conocedores cuando la mayoría es bien ignorante”. Estarían “llenas de la presunción de sabiduría en lugar de verdadera sabiduría”. 
Sócrates no se equivocaba —la nueva tecnología muchas veces tuvo los efectos que temió—, pero fue miope. No podía prever las muchas formas en que la escritura y la lectura servirían para extender la información, estimular ideas nuevas y expandir el conocimiento (cuando no la sabiduría) humana. 
La llegada de la imprenta de Gutenberg en el siglo XV provocó otra ronda de rechinamiento de dientes. Al humanista italiano Hieronimo Squarciafico le preocupaba que a disponibilidad fácil de los libros condujera a pereza intelectual, haciendo a los hombres “menos estudiosos” y debilitando sus mentes. Otros aducían que los libros y publicaciones impresas baratas socavarían la autoridad religiosa, degradarían el trabajo de eruditos y escribas y extenderían la sedición y el libertinaje. Como observa el profesor de la Universidad de Nueva York Clay Shirky: “La mayoría de los argumentos que se opusieron a la imprenta fueron correctos, incluso proféticos.” Pero, de nuevo, los agoreros no fueron capaces de imaginar la miríada de bendiciones que brindaría la palabra impresa. 
De modo que sí, deben mostrarse escépticos hacia mi escepticismo. Puede que aquellos que descarten a quienes critican Internet por considerarlos luditas o nostalgistas tengan la razón y de nuestras mentes hiperactivas, alimentadas de datos, surja una era dorada de descubrimiento intelectual y sabiduría universal. 
Pero, de nuevo, la Red no es el alfabeto y aunque pueda sustituir a la imprenta produce algo por completo diferente. El tipo de lectura profunda que promueve una secuencia de páginas impresas es valiosa no sólo por el conocimiento que adquirimos de las palabras del autor, sino por las vibraciones intelectuales que esas palabras desencadenan en nuestras propias mentes. En los espacios de calma abiertos por la lectura sostenida, sin distracción, de un libro o, si a eso vamos, por cualquier otro acto de contemplación, realizamos nuestras asociaciones, trazamos nuestras propias inferencias y analogías, promovemos nuestras propias ideas. La lectura profunda, como afirma Maryanne Wolf, es indistinguible del pensamiento profundo. 
Si perdemos esos espacios de quietud o los llenamos de “contenido”, sacrificaremos algo importante no sólo de nuestro propio ser, sino de nuestra cultura. En un ensayo reciente, el dramaturgo Richard Foreman describió con elocuencia lo que está en juego: 
“Procedo de una tradición de cultura occidental en que el ideal (mi ideal) era la estructura compleja, densa, como una catedral de la personalidad de alta educación y expresión, el hombre o mujer que llevaba dentro de sí una versión individualmente construida y singular del patrimonio completo de Occidente. [Pero ahora] veo dentro de todos nosotros (yo incluido) la sustitución de la compleja densidad interna por un nuevo tipo de ser que evoluciona bajo la presión de la sobrecarga de información y la tecnología de lo “instantáneamente disponible”. 

Según se nos drena de nuestro “repertorio interno de denso patrimonio cultural”, concluyó Foreman, nos arriesgamos a convertirnos en “gente tan extendida y fina como una crepa según nos conectamos con la vasta red de información a la que se accede tan sólo tocando un botón.” 
Me persigue esa escena de 2001. Lo que la hace tan conmovedora, y tan extraña, es la respuesta emocional de la computadora al desmonte de su mente: su desesperación cuando se va oscureciendo un circuito tras otro, su súplica infantil al astronauta —“Lo estoy sintiendo. Lo estoy sintiendo. Tengo miedo”— y su reversión final a lo que sólo puede recibir el nombre de estado de inocencia. La emanación de sentimientos de HAL contrasta con la impasibilidad que caracteriza a las figuras humanas del film, que hacen lo que tienen que hacer con eficiencia casi robótica. Sus pensamientos y acciones parecen preparados de antemano, como si siguieran los pasos de un algoritmo. 
En el mundo de 2001, las personas se han hecho tan similares a máquinas que el carácter más humano resulta ser la máquina. Esa es la esencia de la oscura profecía de Kubrick: según confiemos en las computadoras para mediar nuestra comprensión del mundo es nuestra propia inteligencia la que se aplana hasta convertirse en inteligencia artificial. 


jueves, 20 de noviembre de 2008

La verdad dura un año.

En estos tiempos de huida el amor viene y va...

Hi everybody.

Cathal Morrow es un padre de familia, actualmente vive en Madrid, desde el 21 de febrero, Cathal vive siguiendo una premisa: el decir la verdad y sólo la verdad (y no precisamente con una biblia en la mano). Hay varios motivos por los que lo hace, pero principalmente es para contradecir la siguiente moral kantiana:

…Las mentiras son moralmente equivocadas, por dos razones: En primer lugar, mintiendo se corrompe la más importante cualidad del ser humano: la capacidad para tomar decisiones libres y racionales. Cada mentira que cuento contradice la parte de mí que me da valor ‘moral’. En segundo lugar, mis mentiras roban a los otros su libertad de elegir racionalmente […]

Para leer más, los siguientes enlaces:

http://kurioso.wordpress.com/2008/10/08/%C2%BFpodrias-vivir-un-ano-sin-decir-mentiras/ (Castellano)
El blog de Cathal Morrow: http://thecompletekant.com/the-book/ (Inglés)

Me parece un proyecto super difícil, un reto que puede que le traiga más problemas que soluciones, pero demostrará algo que realmente me intriga: ¿Viviría mejor el ser humano con los demás si fuera realmente sincero?¿son las verdades mejores en todos los casos o necesitamos las mentiras para poder seguir bien con los demás?
Pregúntate a ti mismo,¿ yo miento? si tu respuesta es q sí, muy bien, ¿haces lo correcto? ¿ te gustaría que te mientieran de la misma manera que tú mientes?
si tu respuesta es no, obsérvate día a día, mira lo que dices y ve si realmente eres coherente con lo que piensas, que no dices nada que no pienses, que no te estás mintiendo a ti mismo...

Como siempre, encuentro un tema que viene al pelo xD

Mentiras - Tote King